No es ningún secreto que España posee algunos de los rincones más bellos del continente europeo. El contraste entre miles de kilómetros de costa plagada de largas playas de arena fina y salvajes acantilados, las extensas cadenas montañosas cubiertas por la nieve, zonas de origen volcánico con muestras de su reciente actividad, archipiélagos de clima casi tropical y bosques en los que habitan especies próximas a la extinción, hacen de este un país que todo amante de la naturaleza y la belleza debería visitar.

Cada una de las comunidades que componen su mapa tiene algo que ofrecer, pero hoy vamos a centrarnos en la que, por lo que han visto mis ojos, es la más espectacular de todas. Galicia. En especial en las denominadas ‘Rías Altas’.

Comenzamos.

Estaca de Bares

Desafiante e imponente, planta cara al romper de las olas el cabo más septentrional de la Península Ibérica. Quizás lo hayáis estudiado en el colegio, u os suene de vuestro atlas geográfico: el cabo de Estaca de Bares. Una maravilla de la naturaleza al alcance de nuestra mano. La fotografía que encabeza esta entrada es tan solo una muestra de su belleza.

Un faro, de los que aún son habitados por un farero y guían a los barcos a salvo de la accidentada costa, nos recibe a las puertas. Sólo hemos de avanzar unos metros para encontrarnos de frente con la inmensidad del mar. Aquí conviven el mar Cantábrico y el océano Atlántico, uniéndose para recibir a los afortunados que puedan contemplar el espectáculo. Cuentan los veteranos de la zona, que si miras con detenimiento puedes ver el punto exacto en el que ambos, mar y océano, se funden en uno solo.

Si no es un día de viento, puedes acercarte hasta la misma punta del cabo, y prácticamente sentir en tu piel las gotas de agua salada que vuelan tras el violento romper de las olas. Al norte, el horizonte. Al oeste, el Cabo Ortegal, que por pocos metros no arrebata su honor a la Estaca de ser la cabeza de la península, al este, se dibujan interminables acantilados hasta que alcanza la vista. El conjunto es mejor vivirlo que contarlo.

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Faro de Estaca de Bares

Para los más curiosos, la visita a este lugar no acaba. Caminando desde el faro unos pasos al este, nos encontramos con las ruinas de una base LORAN  (acrónimo de Long Range Navigation) de propiedad estadounidense. Construida en los años 60 en este punto estratégico para la vigilancia, hoy en día es un conjunto de viejos edificios al borde del derrumbe, pero que nos recuerda que no nos encontramos en un lugar cualquiera.

Continuando por la estrecha carretera, nos topamos primero con un observatorio ornitológico, cuyas vistas panorámicas lo hacen inmensamente más atractivo que el hecho de observar las aves y, como última parada, con el denominado Semáforo de Bares, punto más elevado de la zona y donde se sitúa un pequeño hotel. Un lugar privilegiado.

Para finalizar esta visita, merece mención el puerto de Bares. A un par de kilómetros del faro, encontramos este puerto de origen fenicio, acompañado de una larga y agradable playa y enmarcado en un pueblo marinero donde degustar, con frescura inigualable, algunas de las delicias de nuestros mares. Seguimos.

Acantilados de Loiba; el mejor banco del mundo

De camino a nuestro siguiente objetivo, tendremos la suerte  de recorrer numerosos pueblo y villas que merecen una pausa. Destacamos la Villa de Bares, cuyo mirador es susceptible de gastar la memoria entera de la cámara capturando sus impresionantes vistas, O Barqueiro, donde podremos disfrutar de su puerto pesquero y un llamativo puente sobre el río Sor, O Vicedo y sus pequeñas calas de agua cristalina y Ortigueira, famoso por su festival de música Celta, pero cuyas playas merecen también mención a parte. Desde esta última población, nos desviamos hacia una estrecha carretera rodeada de bosques de majestuosos pinos y aromáticos eucaliptos, donde la experiencia de conducir se hace maravillosa. Si tu intención es observar las estrellas del cielo nocturno, sentirás en el trayecto toda la magia de la Galicia misteriosa de las meigas y la santa compaña. ¿Quizás sería buen momento para una queimada?

Por fin, tras este devenir de pueblos y leyendas, llegamos a Loiba y sus cortados. La experiencia es impresionante. Hasta donde alcanza la vista, el mar rompe con fuerza contra la roca, que parece cincelada por las manos de un artista. A la espalda, una vasta extensión de pradera y bosque, tan lejos del mundanal ruido que podría parecer que hemos abandonado esta realidad. Al frente, el mar bravo y agitado se extiende hasta un horizonte incierto en el que es difícil distinguir dónde comienza el azul del cielo.

A lo largo de este paraje, se extienden varios pequeños salientes que facilitan la observación. En uno de ellos, contrasta con la naturaleza un clásico banco en un lugar privilegiado. Sobre la madera, grabado a fuego, aparece el siguiente mensaje: ‘The best bank in the world’. Y nos vemos obligado a darle la razón. El único consejo es sentarse, relajarse y disfrutar.

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Acantilados de Loiba

San Andrés de Teixido, ‘vai de morto o que non foi de vivo’

O lo que es lo mismo, ‘va de muerto quien no fue de vivo’. Eso cuenta la leyenda. Quien no haga el peregrinaje a este lugar simbólico para los creyentes durante su vida, habrá de hacerlo después de muerto. Eso sí, con una condición, lo habrá de hacer reencarnado en sapo, culebra o lagarto. Terrorífico, ¿no?

Lo cierto es que, debido a la altitud de este enclave, los bancos de niebla son habituales, dotándolo, más allá de las leyendas, de un halo de misterio que impresiona.

Lejos de supersticiones, las razones para visitar este lugar van mucho más allá. Aquí se encuentran los acantilados más altos de la Europa continental, y seguramente unos de los más impresionantes y vistosos. Si añadimos a la ecuación un pueblo de lo más pintoresco, cuajado de pequeñas casas blancas y coronado por una pequeña ermita, pero enorme en simbolismo e importancia, se convierte en una parada obligatoria.

Si observas con detenimiento las escarpadas pendientes colindantes, puedes apreciar numerosos grupos de caballos salvajes que campan a sus anchas, desafiando las leyes de la física mientras trotan sobre pendientes casi verticales.

Aunque seas un profano en temas religiosos y las leyendas locales, como es mi caso, hay varias tradiciones que debes cumplir antes de marchar. En primer lugar, adquirir en alguno de los numerosos puestos callejeros un ‘sanandresiño’, o lo que es lo mismo, un conjunto de cinco figuritas de pan pintadas con vivos colores, compuesta por una flor del pensamiento, una barca, un pescador y una sardina en honor a la profesión de San Andrés (apuesto a que adivinas que fue pescador) y una mano, que depende de donde la compres, a veces es sustituida por una paloma en representación de la paz.

Según vayas paseando, seguro te regalarán una ‘herba namoradeira‘ o hierba de enamorar. Ya puedes asegurarte de plantarla y regarla adecuadamente, pues de ella dependerá que encuentres el amor, o que mantengas el que tienes. Sin duda, la superstición nunca abandona el lugar. Por si las moscas, allí dejé plantada la mía.

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Acantilados en San Andrés

Después de esta visita, toca descansar. Son solo tres puntos significativos de la inmensa oferta de esta comunidad, que repasaremos más a fondo en el futuro. Se trata de una tierra cuajada de naturaleza, belleza y magia, en la que debemos empaparnos de ella y simplemente, disfrutar.

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